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Hijo Unigénito
Jesús es Dios Hijo unigénito del Padre que, llegado el tiempo de la profecía, por la acción del Espíritu Santo, se encarnó en el vientre de la Virgen María y tomó forma humana naciendo como todos los mortales.
El apóstol Juan define al Hijo como la Palabra que ha existido junto al Padre desde antes de la Creación del Universo y por quien todo fue creado, según su Evangelio [Juan 1,1-3].
"Y la Palabra se hizo carne y puso su Morada entre nosotros; y hemos contemplado su gloria; gloria que recibe del Padre como Hijo unigénito lleno de gracia y de verdad" [Juan 1,14].
La existencia del Hijo junto al Padre no es mencionada explícitamente en los escritos bíblicos del Antiguo Testamento, sino que permaneció oculta para el pueblo judío; pero, para el naciente pueblo cristiano del Nuevo Testamento, le fue revelado este misterio por el mismo Jesús de nazaret, el Hijo encarnado.
En aquel momento, se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo, y dijo: «Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a gente sencilla. Sí, Padre, pues tal ha sido tu decisión. Mi Padre me ha entregado todo, y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre; ni quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» [Lucas 10,21-24].
El mismo Señor Jesús, Hijo del Padre, en aquellos momentos de oración después de la última cena de Pascua, declara su misión cumplida en el plano terrenal y el regreso a su gloria celestial.
"Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar. Ahora, Padre, glorifícame tú, junto a ti, con la misma gloria que tenía a tu lado antes que el mundo fuese" [Juan 17,4-5].
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El Hijo Ungido
Ungir es la acción untar o perfumar con aceite u otra sustancia pingüe la superficie de un objeto, un animal o la piel de una persona. En el contexto bíblico se usaba en medicina, en cosmética, en ofrenda sagrada y en la consagración de sacerdotes, profetas y reyes.
Ya desde Moisés [Deuteronomio 18,15], hubo el anuncio que vendría un rey ungido y consagrado por Dios mismo, este rey sería un guía cuyo actuar tendría el papel de mediador directo entre Dios y la humanidad. Este rey esperado nació en Belén (conforme la profecía) y su nombre es Jesús. El pueblo hebreo esperaba a un rey teocrático que tomara el mando y dominara a toda la comarca, liberándola del sometimiento al imperio romano; por ello, al ver las señales que realizaba, decían: "«Este es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo.» Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte él solo" (Juan 6,14-15). Al ver el ímpetu del pueblo en las intenciones de proclamarlo rey, Jesús fue enfático en dar la siguiente declaración:
«Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos: pero mi Reino no es de aquí.» [Juan 18,36].
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Mesías, Cristo, Ungido
Los vocablos "Mesías y Cristo" son sinónimos de "Ungido", es decir, son palabras que indican lo mismo, solo que de su pronunciación hebrea y griega, respectivamente, se han adaptado a la lengua castellana.
= Del hebreo מָשׁוּחַ (pronúnciese mashu'ach) sale el vocablo Mesías.
= Del griego Χριστός (pronúnciese Christós) sale el vocablo Cristo.
Por ello, para referirnos a Jesús el Hijo consagrado de Dios, podemos usar indistintamente cualquiera de los siguientes calificativos:
= Jesús, el Mesías.
= Jesús, el Cristo.
= Jesús, el Ungido.
También es común encontrar en los escritos del Nuevo Testamento el nombre "Jesucristo", palabra compuesta de la fusión de Jesús y Cristo.
En el Nuevo Testamento, la palabra "Mesías" se utiliza de forma literal exactamente dos veces (Juan 1,41 y Juan 4,25); en ambos casos, el texto original la traduce inmediatamente al griego como "Cristo", que significa "el ungido"; por su parte, el término "Cristo" se menciona cientos de veces a lo largo del Nuevo Testamento, aproximadamente 530 veces.
La palabra Cristo se encuentra repetida muchas veces, porque el Nuevo Testamento fue escrito en griego, idioma del que surge este término; a diferencia del Antiguo Testamento que fue escrito en Hebreo y Arameo, en donde la palabra Mesías aparece cerca de 38 a 40 veces; pero en casi todos los casos se refiere a reyes, como David, o sumos sacerdotes, aunque también se utiliza como figura profética de Jesús, el Salvador esperado.
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Todos somos ungidos
En la teología cristiana, los conceptos "sacerdote, profeta y rey" nos indican la triple misión que Nuestro Señor Jesús vino a cumplir aquí en la tierra. Luego, a ejemplo de Cristo y por el santo Bautismo, todos los cristianos somos ungidos con el óleo santo y llamados a participar de manera activa en esa "triple misión", viviendo la fe a través del servicio, la oración y el testimonio. Cada cristiano, cada bautizados, es un sacerdote, es un profeta y es un rey, llamado a partícipar con Cristo en su misión.
El apóstol Juan nos indica esa participación, por cuanto hemos recibido la unción, es decir, a imitación de Cristo, también fuimos ungidos.
«Ustedes tienen esa unción que viene del Santo, por lo que todos tienen ya conocimiento... Pues en ustedes permanece la unción que recibieron de Jesucristo, y no necesitan que nadie venga a enseñarles.» (1 Juan 2,20.27)
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Actuamos en función sacerdotal cuando en la vida diaria oramos y ofrecemos sacrificio por nosotros mismos y por los demás, haciendo de nosotros una vivencia de los sacramentos.
«También ustedes, como piedras vivas, se han edificado y pasan a ser un Templo espiritual, una comunidad santa de sacerdotes que ofrecen sacrificios espirituales agradables a Dios por medio de Cristo Jesús» (1 Pedro 2,5)
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Cumplimos la función profética cuando proclamamos la Palabra de Dios y denunciamos el mal; cuando se evangeliza, defendiendo la verdad y dando testimonio coherente del Evangelio.
«El que profetiza... da a los demás firmeza, aliento y consuelo» (1 Corintios 14,3)
«En aquellos días derramaré mi espíritu sobre mis siervos y mis siervas y entonces profetizarán» (Hechos 2,18)
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Ejercemos la función de rey cuando servimos y protegemos a los más vulnerables ayudando a construir una sociedad más justa.
«Con tu sangre compraste para Dios hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación. Los hiciste reino y sacerdotes para nuestro Dios, y reinarán sobre la tierra» (Apocalipsis 14,3).
«Pero ustedes son una raza elegida, un reino de sacerdotes, una nación consagrada, un pueblo que Dios hizo suyo para proclamar sus maravillas...» (1 Pedro 2,9)
Estos tres oficios, servicios o ministerios nos los comunica Cristo en el rito bautismal, para que cada uno de nosotros haga de su vida una ofrenda agradable a Dios, y así consagremos el mundo y devolvamos la creación embellecida a su Creador. Cristiano es el que hace de su vida un himno de alabanza a Dios.
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Hijo Redentor
El Hijo es reconocido como el Redentor, porque a través de su vida, muerte y resurrección, nos dejó el mensaje de que por su fe en su palabra nos redimió, es decir, nos rescató de la culpa del pecado, permitiéndonos el perdón y la salvación.
"Pero, cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, que nació de mujer y fue sometido a la ley, con el fin de rescatar a los que estaban bajo la Ley para que así recibiéramos nuestros derechos como hijos". [Juan 1,1-3].
Dios Hijo es reconocido como el Redentor, porque a través de su vida, muerte y resurrección, rescató (redimió) a la humanidad de la culpa del pecado, permitiendo el perdón y la salvación. El término hijo unigénito proviene del latín unigenĭtus y significa el hijo único. En el contexto religioso y teológico, se refiere exclusivamente a Jesucristo, indicando que es el único Hijo engendrado por Dios y que comparte su misma naturaleza divina, a diferencia de los creyentes que son adoptados mediante la fe
Su existencia n [Juan 1,1-3].
